Datos personales

4.11.13

ZAFARRANCHO


La casa necesitaba una limpieza a fondo. Se subió a la escalera y despejó los altillos, retiró las alfombras, vació la nevera, arregló los cajones, ordenó los estantes. Espulgó entre los papeles viejos y rompió las revistas guarras. Por último, se deshizo de los libros no leídos, de los trastos olvidados en el balcón y la ropa que estaba fuera de temporada. 



      
 Al caer la tarde, después de sacar la basura, repasó la casa entera de un vistazo rápido. En el cajón donde guardaba los amigos no quedaba nadie, pero olía como nunca a limpio.


MÁSCARAS




        Tiran una moneda al aire. Sale cara, lo que significa que el único disfraz, de angelito este año, lo usará el hermano mayor. El pequeño, aunque decepcionado, no echa una lágrima. Le habría encantado llevarlo él. Siempre antes de dormir le desean dulces sueños, con coros de angelitos; pero él apenas sueña y si lo hace no recuerda, o sí, pero nunca angelitos, sino payasos sin nariz, títeres ardiendo, mascotas sin hermanos, lápices de punta fina. Y otro año sin disfraz corre al parque. Una niña al verlo grita, suelta la comba.

-Mira -dice a otra señalándolo-, el demonio.


Finalista del I Premio Internacional de Microrrelatos Museo de la Palabra 2009

MELCHOR, GASPAR, BALTASAR Y...


    
 No me queda más remedio que defender la causa perdida del cuarto Rey mago que, un adelantado a su tiempo, ya por entonces empezó a decir NO a los NOES. Por el camino se paraba a dar SÍES a todo y todos cuantos se le cruzaban, mientras sus tres colegas continuaban camino tras la estrella sin detenerse. Él, claro, perdió la estrella de vista, se salió de la ruta y no llegó nunca a adorar al niño. Nadie ha vuelto a hablar de él, nadie le conoce, nadie le espera, por lo que aprovechando su anonimato el cuarto Rey mago ha terminado haciéndose constructor y vendiendo parcelas de mundo en excelentes calidades, y en primera línea de la irrealidad.


EN LÍNEA

  
       La taquillera del metro le indicó que tomase la línea naranja. Al llegar al hospital, una línea roja en el suelo del vestíbulo le condujo zizagueante hasta la ventanilla de citaciones. Ya en la calle, de vuelta a la oficina, tuvo que desviarse ligeramente de su camino ante una cinta amarilla que señalaba obras… A la hora de la cena hizo cola en un autoservicio cercano a casa: encontró las ensaladas al final de la línea blanca.

Cuando entró en su apartamento, solo tuvo que seguir el rastro de orina de la perra para orientarse hasta el dormitorio.







Finalista del V Premio de Microrrelatos El Basar, de Montcada Ràdio, 2009.




17.10.13

SILENCIO ECO


Días y noches
terrenales,
hambrientos, sedientos,
primitivos.


Bosques de arena
hollados de tiempo,
de búsquedas y llamadas
de responder baldío.











Foto: Jorge Polo 
Paquidermos de ojos secos
viejos, quietos,
arrugados,
agotados,
desvestidos.

5.8.13

POLVO



Abro los dedos y veo el mundo colarse entre ellos,
como oro en polvo que llueve sueños.


24.7.13

SUPUESTOS


Nada es suficiente
ni la hoja cae de pie.

Mover los labios,
juntar palabras
y volver otra vez atrás,
al antes,
al grito callado,
a la usada estancia
de los desengaños
con canción.

Lo que no sucedió,
lo que se esperaba,
la sonrisa no pintada,
el lecho no compartido,
lo dado por supuesto,
mosquitos en la cara.

¿Siempre nunca nada será suficiente?

23.7.13

CERILLAS MOJADAS



Lejos,
donde no importen el cómo ni el por qué,
donde las cerillas no se mojen,
el pan se corte en silencio pero se mastique en compañía,
donde los días sepan a días
y las preguntas no interroguen.
Allí, mirando allí, lejos. 

22.7.13

LO QUE QUIERO DECIR



No quiero decir irme,
quiero decir desaparecer,
bañarme en el aliento
del infinito
y mojar mis dedos
en su quietud.
Quiero decir acariciar
alas de un existir de espuma,
yema y cueros blancos.
Quiero decir.
Báilame.
Niévame.
Sálvame.
No quiero decir irme,
quiero decir desaparecer.


16.7.13

BOLAÑO 10 AÑOS DESPUÉS



      
      Bonito homenaje el que hizo ayer Casa América a Roberto Bolaño en el X aniversario de su muerte.

     Decía Bolaño que la literatura es un campo minado donde las historias y personajes explotan cuando menos lo esperas. Eso mismo ocurre en la vida. A ella se parece la obra de Bolaño, pues como dice Sergio Marras es abierta, multifónica, las voces aparecen y desaparecen, se enlazan y desenlazan entre sí y algunas de ellas no terminan en nada, indeterminación.

      La posteridad de Bolaño ha sido rápida, demasiado tal vez, un porcentaje altísimo de tesis doctorales en Chile, Méjico y España tienen como objeto a este autor cuya influencia real en la literatura es aún prematuro calibrar pese al impacto causado en escritores jóvenes, el llamado efecto Bolaño.




15.7.13

SILUETAS



Kilómetros de aire
separan tu noche
de la mía, siluetas 
de sol y destino.


Huellas sin camino
porosas, silentes,
de andar viviendo
de decir vivido.


Ecos, volutas
mudas como estallidos
de placeres llenos,
al soñar

CONTIGO



19.6.13

HACIENDO SUELO

    


      El tiempo hoy invitaba a callejear sin prisa ni ansias de encontrar una sombra. Los pies me han llevado hasta la mismísima Mesopotamia, "Antes del diluvio", donde surgieron la escritura, la rueda y algo tan cotizado hoy en día como el suelo, que uno pensaría nos viene dado por la propia naturaleza y sin embargo nada más lejos. La naturaleza "solo" nos proporciona la superficie terrestre, el suelo en cambio no hemos dejado de construirlo nosotros día tras día desde los tiempos de Ur, para poder usarlo de forma agrícola, urbana o para fines de dudoso uso. En Ur, Eridu, Uruk nacieron las primeras ciudades, la civilización, las sociedades complejas, pero no la cultura, para eso hay que mirar más atrás, tanto como 300.000 años antes, a los pequeños cazadores-recolectores nómadas y su organización grupal, sus útiles toscos y el reparto de las tareas cotidianas por edades. Independientemente de que las manifestaciones simbólicas y artísticas tardasen aún un par de cientos de miles de años en generalizarse, aquello ya era cultura, las primeras piedras de un puente que nos ha traído hasta hoy y, a mí en particular, a media tarde, a la Filmoteca y al suelo cinematográfico de Theo Angelopoulos (Paisaje en la niebla), construido con el barro poético de los silencios, la quietud y los límites infranqueables, y con planos-secuencia tan interminables como el civilizado desierto mesopotámico. Me gustan los días como el de hoy.

2.6.13

¿CÓMO DICES?


     Llevo días dando muchas vueltas a esto de la comunicación. ¿Tan difícil es o lo hacemos difícil?

¿Hablando se entiende la gente?, se preguntaba Alfredo Bryce Echenique en una mesa redonda sobre Lingüística. Con más frecuencia de lo que nos gustaría, se demuestra que no siempre sucede de esa forma. Confundimos hablar con comunicar. Hablar no es sino simplemente transmitir información, algo fácil para cualquiera. Comunicar va mucho más allá de eso, es algo así como seducir al otro, buscar su complicidad, implica la intención de provocar en quien nos escucha un efecto, el de la comprensión, que a su vez moverá en esa persona una emoción y con toda probabilidad también una respuesta de su parte.

Según sea esa respuesta, podemos deducir si hemos conseguido nuestro objetivo de comunicar o no, si el otro realmente nos ha comprendido y hemos logrado mover o no en él la emoción que pretendíamos. En definitiva, si le hemos seducido o no. Cuando esto no ocurre, puede deberse, bien a que lo que dijimos no concordaba con el cómo lo dijimos (y al final hemos comunicado otra cosa distinta a la que queríamos) o a que al otro tal vez le ha fallado la escucha. O quizá, probablemente, a ambas causas a un tiempo.

No hay duda de que el cómo expresamos es tan importante o más que el qué expresamos. ¿Qué cosas pueden influir en ese cómo?

Desde luego, antes de hablar, tener clara la idea esencial que queremos comunicar para que el mensaje no pueda confundirse. Es decir, que el mensaje sea lo más concreto posible. Decía Garr Reynolds, “si todo es importante, nada es importante”. Si nos perdemos en explicaciones innecesarias o damos mil rodeos o dudamos puede parecer que ni nosotros mismos estamos seguros de lo que queremos transmitir, que no creemos suficientemente en ello (o estamos mintiendo quizá) o no lo consideramos lo bastante válido o justificado. Por lo tanto, es posible que quien nos escucha no logre captar la idea esencial o no llegue a empatizar con ella y, en consecuencia, tampoco a comprenderla, darle la importancia que tiene y establecer con nosotros la complicidad que buscábamos.

Es importante, también, elegir un momento en que nuestro estado de ánimo y nuestro lenguaje corporal sean favorables a la idea que queremos expresar. De lo contrario, el tono de nuestro discurso o nuestros gestos desvirtuarán el contenido del mensaje. Si estamos tristes, aunque el mensaje sea optimista teñiremos nuestras palabras de tristeza; si estamos enfadados y gritamos, aunque el objetivo de nuestras palabras sea la conciliación, sólo transmitiremos y provocaremos más enfado y por lo tanto el objetivo opuesto al que pretendíamos; si nos mostramos imperativos, autoritarios, intolerantes, difícilmente lograremos la disposición del otro a negociar. Esto no significa que hayamos de elegir un tono y una forma de expresar fría y racional para no desvirtuar el mensaje. Nada más lejos. El objetivo es llegar a la mente o al espíritu del otro, conectar con él, y para ello es importante tener en cuenta su propia vida y experiencias, su bagaje. Ayuda expresarse de un modo lo menos abstracto posible. Tenemos más posibilidades de éxito si usamos ejemplos, anécdotas, recuerdos, imágenes e incluso historias (ya sean todos ellos propios o comunes a ambos, reales o imaginarias) que si nos limitamos a hacer una mera exposición de argumentos que no apelen en absoluto a la emoción del oyente, acortaremos más fácilmente las distancias.

Si ni aun con todo lo dicho alcanzamos nuestro objetivo de comunicar y ser comprendidos, tal vez el problema esté en la escucha del otro. Dicen que escuchar es como respirar, muy pocos saben hacerlo. Escuchar implica dar sentido a lo que se oye, es “oír más interpretar”, dice Rodrigo Ortiz Crespo. Escuchar es una actitud, hay que hacer un esfuerzo y un empleo de energía. Requiere atención y concentración, mirar al interlocutor, evitar uno mismo las distracciones y las interrupciones al otro, alentarle a que exponga sus experiencias y argumentos, preguntarle… Todo eso crea una buena atmósfera, relajada, y favorece la fluidez de la comunicación. Debemos dejar a un lado en esos momentos nuestros propios pensamientos para introducirnos en la mente y estado emocional del otro, con el fin de acceder y captar los suyos a través de sus palabras, sus gestos, sus silencios. La escucha activa supone atender a la totalidad del mensaje para obtener una interpretación correcta del mismo.

En resumen, expresar lo mejor posible más escuchar activamente.


4.4.13

BUTOH Y MORFEO





    Me comentaba hace tiempo un amigo que, para él, quedarse dormido en una ópera o en un concierto de música clásica no era síntoma de aburrimiento, sino una prueba inequívoca de lo lejos que uno u otro le habían transportado, del enorme placer que le habían procurado.

    No es que yo sea de las que necesitan meter los dedos en el enchufe para creer en la electricidad, pero hace dos o tres años viví una experiencia muy parecida mientras asistía al espectáculo de danza butoh, El río de verde musgo-desde la orilla opuesta, una de las propuestas del Festival Madrid en Danza de este año —supongo que no es casualidad que, por esos mismos días, pegase fuerte en las salas la película Cerezos en flor, de la directora Dorris Dörrie, donde el butoh asume un papel importante en la pulsión de la trama.
    Lo cierto es que, tras los primeros minutos de desconcierto —hasta pocos días antes no había oído siquiera hablar del butoh—, en los que mi deformación de espectadora de danza y teatro al uso me llevó a tratar de encontrar, como en aquellos, la supuesta segunda lectura de lo que estaba presenciando, mediante la asociación entre música e imágenes o movimientos; tras esos primeros instantes de extravío, decía, enseguida pude darme cuenta de que en el butoh no caben asociaciones ni intentos de desciframiento que valgan, salvo en todo caso el de uno mismo.

  Parecería que la música, en principio, debiera ser un ingrediente imprescindible para un espectáculo de estas características. Y lo es, claro que sí, pero solo en su forma más minimalista, apenas una excusa —la prueba es que el bailarín principal, Dakei, es sordo— para poner al espectador en contacto con su propia música interior, con el espectáculo que en ese instante está sucediendo dentro de sí mismo, en su intimidad, y de algún modo “curarlo” de su sordera con respecto a ésta.

  Los sonidos, mínimos, esenciales, fugaces actúan como gotas que lentamente van perforando capas mucho más allá del oído. Hasta que dejan de ser sonidos y revierten en voces. O eso al menos es lo que yo acabé escuchando, voces y palabras. Unas palabras un tanto raras, porque no dicen, no cuentan, no significan, pero desde luego hablan hasta un punto en que ya no requieren ni del cuerpo de Dakei ni de la percusión ni del koto, no se requieren ni siquiera a sí mismas para seguir hablando; porque el espectador para entonces ya ha logrado hacerse con el turno de palabra, se ha recostado en el asiento, ha cerrado los ojos, ya no ve ni tampoco oye y, sin embargo, como un buen microrrelato no para de hablar o mejor dicho de hablarse, de intuirse, de interpretarse. Y entonces, cuando la luz vuelve y las voces callan, en la fila seis, butaca cuatro, hay una espectadora que no se ha dormido pero lo parece.


8.3.13

POR LAS BARBAS DE CORTÁZAR


     Dicen que, con los años, las personas adquirimos el rostro de quienes en verdad somos y de lo que hemos vivido, y que ya no hay vuelta atrás, pues los rasgos faciales dibujan y muestran entonces —para bien o para mal— nuestro exacto y auténtico mapa interior.

     Tal vez por ello, un buen día, Julio Cortázar decidiera dejarse barba.

     Corrían los años 50 del siglo XX y el maestro ya no era un chiquillo, sino un escritor en plena madurez que para entonces había realizado algunas de las elecciones más importantes de su vida, lo que probablemente registraría ya su rostro: la dedicación plena a la literatura, su compromiso político con los movimientos revolucionarios de América Latina y el abandono definitivo de Argentina para instalarse en París, donde fallecería.

    Suele hablarse de un antes y un después de París en la vida y obra de Cortázar. Lo cierto es que, en esta ciudad, el escritor adquiriría finalmente notoriedad pública y acabaría cubriendo el rostro delgado y lampiño de su época preparisina (despejado como las grandes extensiones pamperas en las que discurrieron sus primeros años docentes) con una barba oscura y espesa, que algunos atribuirían sarcásticamente a un rumoreado tratamiento de hormonas.


    
    Cierto o no el rumor, tras la barba iban a quedar camufladas muchas cosas. Se disimularían con ella, no solo el paso de los años, sino también las huellas que dejó en Cortázar el abandono temprano por parte del padre del núcleo familiar y, como consecuencia, el crecimiento del escritor al abrigo exclusivo de figuras femeninas (madre, hermana y tía).

    Junto a ello, su pertenencia a la clase media del cinturón industrial de Buenos Aires, así como la condición de hija ilegítima de su madre imprimirían a la familia cierto complejo social, inexpresado, pero que marcaría algunos de los rasgos de la personalidad de Cortázar: su afán obsesivo por huir de la mediocridad a través de la cultura y la erudición; la actitud en ocasiones posibilista del autor, que durante sus años argentinos llegaría a ocupar distintos puestos en la enseñanza normal y universitaria, de la mano de amigos influyentes cuya identidad jamás desveló. A la satisfacción que suponían tales oportunidades, se sumaban, en el otro platillo de la balanza, el sentimiento de precariedad que implicaba para él acceder a la docencia universitaria al margen del procedimiento habitual de concurso y sin un título superior que lo avalara —inició estudios de Filosofía y Letras, pero no consta que llegase a obtener el título— y el tremendo esfuerzo para hacerse con la carrera de traductor en un tiempo récord de apenas nueve meses.

    Sin embargo, es posible que, más que todo lo anterior, los relieves más pronunciados de su rostro los esculpiese el deseo siempre perseguido de cambiar una Argentina que el escritor consideraba, en palabras del biógrafo Eduardo Montes-Bradley, “dormida en la siesta americana”, por la prometedora Europa de las vanguardias. Después de todo, Cortázar había nacido en Europa, concretamente en Bruselas en 1914, y cuando todavía apenas caminaba ya lo hacía por las animadas calles de Zürich, donde en esos momentos la familia del escritor y la vida artística y cultural europea se refugiaban de la guerra recién iniciada.

    No es de extrañar, por tanto, que Cortázar eligiese Europa como destino final de un viaje que había iniciado en dicho continente treinta años antes en brazos de su madre, abuela y hermana, y que vendría a cerrarse circularmente en París en 1951. El que llegaba a París era un Julio Cortázar anónimo ya por muy poco tiempo tras su recién conseguida barba. Casualidad o no en el caso del maestro, nada expresa mejor la idea de paso de página, de cambio, de crecimiento, de madurez de un personaje que el crecimiento de una buena barba, ya sea ésta real o narrativa.
Publicado en su día en http://puntodefugaa.blogspot.com


21.2.13

EL PUPITRE DE CHEMA MADOZ

    Contaba Chema Madoz, durante un cara a cara con Juan Bonilla en el Festival Eñe, la siguiente anécdota. Al parecer, cuando era niño, sus padres le enviaron a una especie de clases precolegio en casa de una señora que utilizaba la cocina como aula. Cuando llegó, como se había incorporado tarde a las clases, en la mesa de la cocina ya no quedaba sitio para él; de modo que, al día siguiente, tuvo que llevarse de casa su propia banqueta y la señora le hizo sitio… ¡en el horno! Sí, desde ese momento, el horno dejó de ser tal para convertirse en el pupitre de Chema Madoz. También recordaba haber usado alguna vez el cartabón como navaja para hacerse el bocadillo.

    Según él, bromeaba, quizá esa podría ser la lectura psicoanalítica, si acaso la hubiera, de su interés por la descontextualización o subversión de la esencia de los objetos.
    Fuera ese o no el momento en el que descubrió que los objetos poseen la cualidad de poderse desdoblar y adquirir una dimensión más allá de aquello para lo que sirven, lo que Chema Madoz subraya es la importancia que para él tiene aprovechar esa posibilidad para conseguir imágenes potentes, que se muevan en la indefinición, en la incertidumbre, da igual cual sea su metáfora.


 
   Por eso, explicaba, él prescinde de asignar títulos a sus fotografías, para no correr el riesgo de acotar sus posibilidades semánticas con encabezamientos quizá no suficientemente acertados. Dice sentir mayor confianza en la sutileza que puede lograr con la imagen que con la palabra, y que el título es un elemento más de la obra, algo que hay saber manejar con inteligencia para que contribuya al desconcierto significativo que, en su caso, él pretende generar con la imagen.

    Me detengo en esto último. Porque es cierto que a veces un mal título puede no solo condicionar al público a la hora de hacer su propia lectura de la obra, sino también desorientarle, provocar en él la impresión de haberse equivocado, de haber extraído una interpretación errónea de la misma y hacerle creer que no está preparado para entenderla. No existen las lecturas erróneas, solo compresiones personales. La manera en que uno “comprende” una obra está en relación con su bagaje personal y cultural, referido no solo a formación, sino también a vivencias, experiencia, sensibilidad, etc. Y, en cualquier caso, sería dudoso afirmar que el arte, en cualquiera de sus lenguajes, trate de explicar algo que los demás hayamos de entender (metáfora). Más bien, diría yo, su faceta sería la de preguntarse o, mejor dicho, preguntarnos sobre el mundo, sobre la vida, algo a lo que a su particular manera cualquiera puede responder.

    El material del que se sirve el artista es el mundo, la experiencia humana, y con ella —recurro aquí a Walter Benjamin—, “usando sus ojos, sus manos y su alma, construye algo sólido, útil e irrepetible”. Añadiría yo también, que algo mágico. Lo mágico como equivalente a misterio, a la incertidumbre e indefinición de las que hablaba Chema Madoz; en definitiva, a lo que no se ve pero está y se percibe —lleve título o no— por muy descontextualizado que se muestre, como sus tijeras, sus cucharas o... ¡su pupitre!
Publicado en su día en http://puntodefugaa.blogspot.com

17.2.13

M, UN ASESINO ENTRE NOSOTROS


La letra M (inicial de “mörder”, asesino en alemán; coincide también con la inicial de monstruo en varios idiomas), estampada en tiza en la espalda de su americana por un vagabundo, señala a Hans Beckert como el autor de los crímenes de niñas que se han producido en Düsseldorf durante meses. Luego, será de nuevo una mano, la de un vendedor de globos ciego posada sobre el hombro de Beckert (frente al jurado “popular” organizado por los representantes de las distintas ramas del hampa de la ciudad), la que le confirme definitivamente como el asesino.

Más allá de esa función de reconocimiento y denuncia del culpable, ambos gestos contienen un plus significativo. Es en esos momentos cuando el asesino parece tomar conciencia, de pronto, de que algo terrible sucede con su persona, le hace conectar con su verdadera realidad, la de psicópata, que el resto del tiempo permanece sublimada por su mente y le es, por tanto, desconocida. Su desesperada huida, cuando ve esa M en su chaqueta, y el horror en su rostro al sentir la mano del ciego en su hombro no son sino la huida de sí mismo y el horror ante sí mismo, el reconocimiento de su “anormalidad”.

Resulta paradójico que quienes mejor logran organizarse y antes logran encontrar, apresar y “enjuiciar” al asesino sean precisamente el conjunto formado por los vagabundos, prostitutas, maleantes y miembros del hampa de la sociedad. Paradójico por distintas razones. De entrada, porque los motivos que les mueven a esa movilización no son otros que evitar las molestias y los perjuicios económicos que las constantes redadas de la policía en su búsqueda del asesino les están causando. No hay altruismo alguno en sus intenciones. También se da la paradoja de que la mayoría de ellos son delincuentes, algunos de los cuales han cumplido o se han librado de condenas importantes por delitos graves. Y, sin embargo, se creen con el derecho de juzgar y condenar a Beckert. Se creen distintos a él. Y desde luego que lo son. Ellos podrían evitar sus conductas delictivas, Beckert no puede. Lo señala él mismo en su discurso (la primera vez que le oímos hablar, antes tan sólo le oímos silbar un par de veces una melodía agradable y pegadiza, que se hace siniestra sólo porque sabemos que es el asesino) ante el jurado de los maleantes. Más que un discurso, es un clamar por la comprensión de su “problema”, es el alegato del culpable convertido en su propio abogado defensor, aunque, de nuevo paradójicamente, el hampa le ha procurado uno entre sus maleantes, que ejerce realmente la defensa e intenta mover las conciencias del resto de los maleantes allí reunidos y que se haga justicia en lugar de venganza.

No sabemos, al finalizar la película, cuál es el veredicto del legítimo tribunal de justicia, pero sí la lectura que las madres hacen de lo sucedido en la voz de la madre de una de las víctimas: que sea cual sea la sentencia, no les devolverá a las niñas, y que como madres deben cuidar más desus hijos. Aunque Fritz Lang no da ninguna pista de los motivos que llevan a Beckert a asesinar, esa reflexión final parece ofrecer de algún modo la respuesta. Debemos cuidar la infancia si no queremos crear Ms.

"M. un asesino entre nosotros". Fritz Lang. 1931. Proyectada en la F. Juan March, dentro del ciclo “El paso del cine mudo al sonoro”.

11.2.13

ABRIR LAS COSAS



     Siempre era como volver a la sede misma de las palabras, porque para Aron las cosas habían estado cerradas, y el mundo había sido hostil hasta que conoció a Solveig. Su encuentro había sido como cuando dos personas están hechas la una para la otra. Y enseguida empezó a ver cómo Solveig iba abriendo las cosas, una tras otra, mostrando sus riquezas relucientes de significados. Fue así como entró en el mundo de las palabras.

                                                                  El Oratorio de Navidad, de Göran Tungström






A veces se dan encuentros así, con categoría de acontecimiento, de inflexión determinante, de suceso ineluctable. Me pregunto si esa clase de encuentros los promueve el azar, y podían por tanto no haberse producido, o si la propia determinación de cambio que implican conlleva también que sean en sí mismos necesarios, inevitables y en consecuencia habían de ocurrir antes o después sí o sí.

Pienso, por ejemplo, en mi afición al senderismo. Hasta hace unos veinte años, mi relación con la montaña era más bien contemplativa, por no decir inerte. Conducir el coche hasta un lugar agradable, a ser posible cerca de una apacible corriente de agua, dar un sencillo paseo, sacar los bocadillos y las bebidas de las bolsas y merendar tranquilamente antes de que la noche cayera.

Hasta que conocí a A.

A me enseñó otra cara de la montaña y con ello, también, otra cara de mí misma. Me invitó a madrugar, a calzarme unas botas y me llevó monte arriba, donde los coches no llegan, donde el agua se arremolina y a veces se precipita, donde el polvo de cada paso te ensucia hasta los dientes, el esfuerzo te ensancha los pulmones y los bocadillos a veces saben a tierra pero son mucho, mucho más nutritivos. La cara más agreste de la montaña puso al descubierto mi cara menos inerte, con la que desde entonces no he dejado de enfrentar la vida. Caminar, ensuciarse, forzar el aliento e intentar ir cada día un poco más arriba, mirando al suelo para no tropezar, pero sin perderse el resto del paisaje. El zoom en la mirada: de cerca, las raíces, las piedras, los insectos, los desniveles (el silencio, la introspección, la compañía sigilosa, el yo); en gran angular, las copas de los árboles, los canchales, las rapaces, los perfiles recortados contra la amplitud del cielo (los sonidos, la comunicación, la compañía jubilosa). La riqueza reluciente de significados de la montaña.

Mi encuentro con A abrió mi mundo. Me pregunto si, por azar o de forma inevitable, habré sido yo inflexión, si de algún modo le habré abierto alguna vez las cosas a alguien, como un día Solveig hizo con Arón a través de las palabras.


31.1.13


Piensa como un hombre sabio pero comunícate con el lenguaje de la gente.

                                                         William Butler Yeats

29.1.13

LAS COSAS QUE LLORAN

    

     Las cosas, los objetos me refiero, no lloran, tienen entre ellos ese pacto. Desde el principio, desde siempre. Impasibilidad. Nada de lágrimas. Poca gente que se sepa está al corriente de ello, probablemente porque poca gente pueda imaginarse que entre los objetos sea posible tanta unanimidad. El caso es que ellos, los objetos, al menos en ese aspecto son unánimes. Y leales. Si lo hiciesen, si arrancasen alguna vez a llorar no solo romperían su pacto, también estarían dándoles el gusto a los otros, a nosotros los sujetos, de ver cómo la ecuación del mundo se equilibra y a ambos lados de la igualdad solo y nada más hay llanto.


23.1.13


Jazz for Readers

       Hoy he puesto música y he bailado en el salón de casa, con las luces apagadas y el pijama de invierno. Sin pensarlo, sin ningún motivo. Jazz para lectores, decía el título del cedé, y a lo mejor ha sido eso, o que el suelo del salón estaba hoy más liso que nunca, sin restos de arena traídos de la calle ni cabellos perdidos ni gotas pegajosas de bebidas refrescantes. Nada, ni el más ínfimo obstáculo donde pudieran tropezar los pies. Los muebles, pegados a las paredes, me hacían sitio entre dos hileras que bien hubieran podido ser todos mis amantes alineados, los actuales, los perdidos, los olvidados, los recientes, incluso los que aún no han sido pero serán. Todos aguardando a la siguiente pista o a una variación del ritmo para sacarme. Es increíble lo tímidos que pueden llegar a ser los amantes a veces, como los primeros acordes de una melodía por componer o el último sorbo de un licor madurado entre flores.

¿Bailas?, he oído que alguien decía de pronto detrás de mí, a la altura más o menos de la librería de cerezo. Y, antes de volverme, he aceptado su invitación sin una palabra, con el simple gesto de ofrecerle mis brazos extendidos; palpitantes los pies, los ojos apretados a fin de oscurecer, de preservar más si cabe el enigma necesario de su identidad. Los altavoces, en ángulos oblicuos de la habitación, liberaban un golpe de metal al tiempo que él me tomaba sutilmente de los codos. No de la cintura, no, y eso me ha cogido desprevenida. Me ha gustado. También yo he buscado los suyos en el aire, mientras me conducía a ritmo de saxo hacia el fondo del salón, pero no estaban, ni sus codos ni sus antebrazos ni sus dedos, y su ausencia ha convertido nuestras vueltas sobre el gres cuadriculado en una especie de baile de mariposas.

No hemos sucumbido a las confidencias al oído, a la niebla sepia de las biografías sonrosadas, aunque después de un solo de clarinete, no sé por medio de qué acrobacia, le he sentido besarme la nuca. Le hubiera reprochado el atrevimiento, esas confianzas de viejos conocidos que aciertan siempre a dar donde más duele; pero en la oscuridad, cualquier cosa que se diga acaba resbalando por el trampolín de la inexistencia, como si no se dijesen, como notas musicales que una vez han sonado se desvanecen en la nada. Es posible que en el último giro, él haya dicho algo. No estoy segura. Ha sido hacia el final de These foolish things, al pasar junto a la mesa de comedor y antes de cederme sin avisar a otros brazos. O tal vez eran los mismos, quién lo sabe. Francamente, una no se acostumbra a la oscuridad, a llamarles por otros nombres, a comprar tinto en vez de blanco, al pijama de invierno en la cama.

He bailado toda la noche con mis tímidos amantes, de uno en otro, por turnos. En círculos, como la luna. Cuando de mañana ha vuelto a salir el sol, el suelo del salón estaba casi perfecto, liso, impecable salvo por un arañazo profundo junto a la ventana, y cada cosa en su sitio: la lámpara de pie en forma de horquilla, el ídolo africano, el perchero con sus seis brazos de caracol, sin dedos, sin codos, sin antebrazos. Sonaban los últimos acordes de More than you know, Sonny Rollins.

22.1.13



       Para calentar motores tras mi vuelta, iré colgando algunas de las entradas que aparecieron en mi anterior blog, Punto de Fuga, entremezcladas con mis impresiones actuales.


21.1.13

AMOR, de Michael Haneke



       “Volver a verles fue bello y triste”. Esas palabras, escritas en una tarjeta y junto a un cedé con su último concierto que en ese momento suena en el salón, son las que, tras su reciente visita —que ya se presiente será también la última—, un antiguo alumno de piano devuelve ahora a Anne y Georges. Anne le pide a Georges que quite el cedé. Ahí parece producirse realmente el giro en la vida de este matrimonio. No tanto en la noticia de la enfermedad de Anne y de su aciago pronóstico, no en la silla de ruedas que la ha conducido de vuelta a casa del hospital tras la operación, ni en el cubierto usado ahora con la mano izquierda o la cama mojada involuntariamente. La mirada de los otros.

La mirada de los otros. No parecen George y Anne, personas a quienes en su vida haya importado demasiado lo que pensaban de ellos los demás. Los libros, la música, la conversación —trivial o inteligente, explícita o silenciosa— son los ladrillos con los que han logrado erigir y a un tiempo acorazar su mundo, un mundo de pareja propio —como el cuarto propio de Virginia Woolf— y autónomo donde todo encaja y que nadie ha venido nunca a olisquear, cuestionar o enjuiciar, ni siquiera su propia hija. Ha de ser la enfermedad y la nueva dinámica vital que se instaura en esta pareja como consecuencia de la misma, la que abra una fisura en los muros de su mundo, por la que de pronto parecen atreverse a fisgar, opinar y colarse todos, ya sea guiados de buenas intenciones, curiosidad, admiración, derechos mal entendidos o simple ignorancia. A fin de cuentas, todos ellos invasores de una intimidad de pareja que, incluso bajo la peor de las situaciones, tiene todo el derecho a seguir gestionando su vida a voluntad propia, sin injerencias, especialmente injerencias poco pragmáticas.

La condolencia teñida de desesperanza del alumno, la incomprensión y el reproche en los ojos y la voz de la hija, la admiración asombrada y conmiserativa de los de pronto serviles porteros, la desafección descarada de una de las enfermeras… Si algo hay más duro que la enfermedad, no son los cambios que implica en la propia vida, sino la transformación que introduce en la mirada de los otros hacia quien la padece y quien, a su lado, la soporta. Ni negación de la enfermedad, ni demonización de la misma. En el término medio está la virtud: naturalidad. La incapacidad de vivir, no ya nuestra enfermedad, sino la de los otros, sea cual sea, con naturalidad, de algún modo y de antemano está sentenciando a muerte al enfermo y el entorno que hasta ahora era su vida.

Los libros, la música, la conversación entre dos, sí, se ven en el caso de Anne y Georges reducidos progresivamente a lo mínimo: palabra sueltas, simples estribillos, diálogos a una sola voz la mayor parte de las veces, repetidos día tras día para mantener al menos un hilo de continuidad con su antigua vida. En su nueva rutina y a su manera, se van acostumbrando. Las comidas, el baño, el sueño exigen ahora para ellos de variantes y sin duda perturbadores cambios en su rutina cotidiana, solos o ayudados de enfermeras. Pero esas rutinas, bien gestionadas, contribuyen al mantenimiento de una relativa normalidad, en tanto llegan los momentos más difíciles que, en ningún caso, Anne y Georges ignoran que acabarán llegando —atrás queda la bofetada de Johnny Farrell a Gilda; no habrá bofetada más impactante a partir de ahora, que la que Georges le propina a Anne cuando ésta, tozudamente, se niega a beber agua. Vive y deja morir, dice Georges sin palabras, cuando cierra la puerta del cuarto de Anne con llave para que su hija no pueda verla. Muere y deja vivir, está diciendo sin embargo, cuando finalmente elige apretar la almohada sobre el rostro de su mujer y echar volar una paloma al cielo, antes de sellar las puertas y dejar la espita del gas abierta.



20.1.13



   

Más de un año más tarde, retomo el blog de nuevo con la ilusión de mantener la continuidad. Algunas cosas han cambiado en mi vida desde entonces. Tal vez ello se refleje en esta nueva etapa bloguera.  A quien lo lea, bienvenido y gracias.