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11.2.13

ABRIR LAS COSAS



     Siempre era como volver a la sede misma de las palabras, porque para Aron las cosas habían estado cerradas, y el mundo había sido hostil hasta que conoció a Solveig. Su encuentro había sido como cuando dos personas están hechas la una para la otra. Y enseguida empezó a ver cómo Solveig iba abriendo las cosas, una tras otra, mostrando sus riquezas relucientes de significados. Fue así como entró en el mundo de las palabras.

                                                                  El Oratorio de Navidad, de Göran Tungström






A veces se dan encuentros así, con categoría de acontecimiento, de inflexión determinante, de suceso ineluctable. Me pregunto si esa clase de encuentros los promueve el azar, y podían por tanto no haberse producido, o si la propia determinación de cambio que implican conlleva también que sean en sí mismos necesarios, inevitables y en consecuencia habían de ocurrir antes o después sí o sí.

Pienso, por ejemplo, en mi afición al senderismo. Hasta hace unos veinte años, mi relación con la montaña era más bien contemplativa, por no decir inerte. Conducir el coche hasta un lugar agradable, a ser posible cerca de una apacible corriente de agua, dar un sencillo paseo, sacar los bocadillos y las bebidas de las bolsas y merendar tranquilamente antes de que la noche cayera.

Hasta que conocí a A.

A me enseñó otra cara de la montaña y con ello, también, otra cara de mí misma. Me invitó a madrugar, a calzarme unas botas y me llevó monte arriba, donde los coches no llegan, donde el agua se arremolina y a veces se precipita, donde el polvo de cada paso te ensucia hasta los dientes, el esfuerzo te ensancha los pulmones y los bocadillos a veces saben a tierra pero son mucho, mucho más nutritivos. La cara más agreste de la montaña puso al descubierto mi cara menos inerte, con la que desde entonces no he dejado de enfrentar la vida. Caminar, ensuciarse, forzar el aliento e intentar ir cada día un poco más arriba, mirando al suelo para no tropezar, pero sin perderse el resto del paisaje. El zoom en la mirada: de cerca, las raíces, las piedras, los insectos, los desniveles (el silencio, la introspección, la compañía sigilosa, el yo); en gran angular, las copas de los árboles, los canchales, las rapaces, los perfiles recortados contra la amplitud del cielo (los sonidos, la comunicación, la compañía jubilosa). La riqueza reluciente de significados de la montaña.

Mi encuentro con A abrió mi mundo. Me pregunto si, por azar o de forma inevitable, habré sido yo inflexión, si de algún modo le habré abierto alguna vez las cosas a alguien, como un día Solveig hizo con Arón a través de las palabras.