Datos personales

31.1.13


Piensa como un hombre sabio pero comunícate con el lenguaje de la gente.

                                                         William Butler Yeats

29.1.13

LAS COSAS QUE LLORAN

    

     Las cosas, los objetos me refiero, no lloran, tienen entre ellos ese pacto. Desde el principio, desde siempre. Impasibilidad. Nada de lágrimas. Poca gente que se sepa está al corriente de ello, probablemente porque poca gente pueda imaginarse que entre los objetos sea posible tanta unanimidad. El caso es que ellos, los objetos, al menos en ese aspecto son unánimes. Y leales. Si lo hiciesen, si arrancasen alguna vez a llorar no solo romperían su pacto, también estarían dándoles el gusto a los otros, a nosotros los sujetos, de ver cómo la ecuación del mundo se equilibra y a ambos lados de la igualdad solo y nada más hay llanto.


23.1.13


Jazz for Readers

       Hoy he puesto música y he bailado en el salón de casa, con las luces apagadas y el pijama de invierno. Sin pensarlo, sin ningún motivo. Jazz para lectores, decía el título del cedé, y a lo mejor ha sido eso, o que el suelo del salón estaba hoy más liso que nunca, sin restos de arena traídos de la calle ni cabellos perdidos ni gotas pegajosas de bebidas refrescantes. Nada, ni el más ínfimo obstáculo donde pudieran tropezar los pies. Los muebles, pegados a las paredes, me hacían sitio entre dos hileras que bien hubieran podido ser todos mis amantes alineados, los actuales, los perdidos, los olvidados, los recientes, incluso los que aún no han sido pero serán. Todos aguardando a la siguiente pista o a una variación del ritmo para sacarme. Es increíble lo tímidos que pueden llegar a ser los amantes a veces, como los primeros acordes de una melodía por componer o el último sorbo de un licor madurado entre flores.

¿Bailas?, he oído que alguien decía de pronto detrás de mí, a la altura más o menos de la librería de cerezo. Y, antes de volverme, he aceptado su invitación sin una palabra, con el simple gesto de ofrecerle mis brazos extendidos; palpitantes los pies, los ojos apretados a fin de oscurecer, de preservar más si cabe el enigma necesario de su identidad. Los altavoces, en ángulos oblicuos de la habitación, liberaban un golpe de metal al tiempo que él me tomaba sutilmente de los codos. No de la cintura, no, y eso me ha cogido desprevenida. Me ha gustado. También yo he buscado los suyos en el aire, mientras me conducía a ritmo de saxo hacia el fondo del salón, pero no estaban, ni sus codos ni sus antebrazos ni sus dedos, y su ausencia ha convertido nuestras vueltas sobre el gres cuadriculado en una especie de baile de mariposas.

No hemos sucumbido a las confidencias al oído, a la niebla sepia de las biografías sonrosadas, aunque después de un solo de clarinete, no sé por medio de qué acrobacia, le he sentido besarme la nuca. Le hubiera reprochado el atrevimiento, esas confianzas de viejos conocidos que aciertan siempre a dar donde más duele; pero en la oscuridad, cualquier cosa que se diga acaba resbalando por el trampolín de la inexistencia, como si no se dijesen, como notas musicales que una vez han sonado se desvanecen en la nada. Es posible que en el último giro, él haya dicho algo. No estoy segura. Ha sido hacia el final de These foolish things, al pasar junto a la mesa de comedor y antes de cederme sin avisar a otros brazos. O tal vez eran los mismos, quién lo sabe. Francamente, una no se acostumbra a la oscuridad, a llamarles por otros nombres, a comprar tinto en vez de blanco, al pijama de invierno en la cama.

He bailado toda la noche con mis tímidos amantes, de uno en otro, por turnos. En círculos, como la luna. Cuando de mañana ha vuelto a salir el sol, el suelo del salón estaba casi perfecto, liso, impecable salvo por un arañazo profundo junto a la ventana, y cada cosa en su sitio: la lámpara de pie en forma de horquilla, el ídolo africano, el perchero con sus seis brazos de caracol, sin dedos, sin codos, sin antebrazos. Sonaban los últimos acordes de More than you know, Sonny Rollins.

22.1.13



       Para calentar motores tras mi vuelta, iré colgando algunas de las entradas que aparecieron en mi anterior blog, Punto de Fuga, entremezcladas con mis impresiones actuales.


21.1.13

AMOR, de Michael Haneke



       “Volver a verles fue bello y triste”. Esas palabras, escritas en una tarjeta y junto a un cedé con su último concierto que en ese momento suena en el salón, son las que, tras su reciente visita —que ya se presiente será también la última—, un antiguo alumno de piano devuelve ahora a Anne y Georges. Anne le pide a Georges que quite el cedé. Ahí parece producirse realmente el giro en la vida de este matrimonio. No tanto en la noticia de la enfermedad de Anne y de su aciago pronóstico, no en la silla de ruedas que la ha conducido de vuelta a casa del hospital tras la operación, ni en el cubierto usado ahora con la mano izquierda o la cama mojada involuntariamente. La mirada de los otros.

La mirada de los otros. No parecen George y Anne, personas a quienes en su vida haya importado demasiado lo que pensaban de ellos los demás. Los libros, la música, la conversación —trivial o inteligente, explícita o silenciosa— son los ladrillos con los que han logrado erigir y a un tiempo acorazar su mundo, un mundo de pareja propio —como el cuarto propio de Virginia Woolf— y autónomo donde todo encaja y que nadie ha venido nunca a olisquear, cuestionar o enjuiciar, ni siquiera su propia hija. Ha de ser la enfermedad y la nueva dinámica vital que se instaura en esta pareja como consecuencia de la misma, la que abra una fisura en los muros de su mundo, por la que de pronto parecen atreverse a fisgar, opinar y colarse todos, ya sea guiados de buenas intenciones, curiosidad, admiración, derechos mal entendidos o simple ignorancia. A fin de cuentas, todos ellos invasores de una intimidad de pareja que, incluso bajo la peor de las situaciones, tiene todo el derecho a seguir gestionando su vida a voluntad propia, sin injerencias, especialmente injerencias poco pragmáticas.

La condolencia teñida de desesperanza del alumno, la incomprensión y el reproche en los ojos y la voz de la hija, la admiración asombrada y conmiserativa de los de pronto serviles porteros, la desafección descarada de una de las enfermeras… Si algo hay más duro que la enfermedad, no son los cambios que implica en la propia vida, sino la transformación que introduce en la mirada de los otros hacia quien la padece y quien, a su lado, la soporta. Ni negación de la enfermedad, ni demonización de la misma. En el término medio está la virtud: naturalidad. La incapacidad de vivir, no ya nuestra enfermedad, sino la de los otros, sea cual sea, con naturalidad, de algún modo y de antemano está sentenciando a muerte al enfermo y el entorno que hasta ahora era su vida.

Los libros, la música, la conversación entre dos, sí, se ven en el caso de Anne y Georges reducidos progresivamente a lo mínimo: palabra sueltas, simples estribillos, diálogos a una sola voz la mayor parte de las veces, repetidos día tras día para mantener al menos un hilo de continuidad con su antigua vida. En su nueva rutina y a su manera, se van acostumbrando. Las comidas, el baño, el sueño exigen ahora para ellos de variantes y sin duda perturbadores cambios en su rutina cotidiana, solos o ayudados de enfermeras. Pero esas rutinas, bien gestionadas, contribuyen al mantenimiento de una relativa normalidad, en tanto llegan los momentos más difíciles que, en ningún caso, Anne y Georges ignoran que acabarán llegando —atrás queda la bofetada de Johnny Farrell a Gilda; no habrá bofetada más impactante a partir de ahora, que la que Georges le propina a Anne cuando ésta, tozudamente, se niega a beber agua. Vive y deja morir, dice Georges sin palabras, cuando cierra la puerta del cuarto de Anne con llave para que su hija no pueda verla. Muere y deja vivir, está diciendo sin embargo, cuando finalmente elige apretar la almohada sobre el rostro de su mujer y echar volar una paloma al cielo, antes de sellar las puertas y dejar la espita del gas abierta.



20.1.13



   

Más de un año más tarde, retomo el blog de nuevo con la ilusión de mantener la continuidad. Algunas cosas han cambiado en mi vida desde entonces. Tal vez ello se refleje en esta nueva etapa bloguera.  A quien lo lea, bienvenido y gracias.