La letra M (inicial de “mörder”, asesino en alemán; coincide también con la inicial de monstruo en varios idiomas), estampada en tiza en la espalda de su americana por un vagabundo, señala a Hans Beckert como el autor de los crímenes de niñas que se han producido en Düsseldorf durante meses. Luego, será de nuevo una mano, la de un vendedor de globos ciego posada sobre el hombro de Beckert (frente al jurado “popular” organizado por los representantes de las distintas ramas del hampa de la ciudad), la que le confirme definitivamente como el asesino.
Más allá de esa función de reconocimiento y denuncia del culpable, ambos gestos contienen un plus significativo. Es en esos momentos cuando el asesino parece tomar conciencia, de pronto, de que algo terrible sucede con su persona, le hace conectar con su verdadera realidad, la de psicópata, que el resto del tiempo permanece sublimada por su mente y le es, por tanto, desconocida. Su desesperada huida, cuando ve esa M en su chaqueta, y el horror en su rostro al sentir la mano del ciego en su hombro no son sino la huida de sí mismo y el horror ante sí mismo, el reconocimiento de su “anormalidad”.
Resulta paradójico que quienes mejor logran organizarse y antes logran encontrar, apresar y “enjuiciar” al asesino sean precisamente el conjunto formado por los vagabundos, prostitutas, maleantes y miembros del hampa de la sociedad. Paradójico por distintas razones. De entrada, porque los motivos que les mueven a esa movilización no son otros que evitar las molestias y los perjuicios económicos que las constantes redadas de la policía en su búsqueda del asesino les están causando. No hay altruismo alguno en sus intenciones. También se da la paradoja de que la mayoría de ellos son delincuentes, algunos de los cuales han cumplido o se han librado de condenas importantes por delitos graves. Y, sin embargo, se creen con el derecho de juzgar y condenar a Beckert. Se creen distintos a él. Y desde luego que lo son. Ellos podrían evitar sus conductas delictivas, Beckert no puede. Lo señala él mismo en su discurso (la primera vez que le oímos hablar, antes tan sólo le oímos silbar un par de veces una melodía agradable y pegadiza, que se hace siniestra sólo porque sabemos que es el asesino) ante el jurado de los maleantes. Más que un discurso, es un clamar por la comprensión de su “problema”, es el alegato del culpable convertido en su propio abogado defensor, aunque, de nuevo paradójicamente, el hampa le ha procurado uno entre sus maleantes, que ejerce realmente la defensa e intenta mover las conciencias del resto de los maleantes allí reunidos y que se haga justicia en lugar de venganza.
No sabemos, al finalizar la película, cuál es el veredicto del legítimo tribunal de justicia, pero sí la lectura que las madres hacen de lo sucedido en la voz de la madre de una de las víctimas: que sea cual sea la sentencia, no les devolverá a las niñas, y que como madres deben cuidar más desus hijos. Aunque Fritz Lang no da ninguna pista de los motivos que llevan a Beckert a asesinar, esa reflexión final parece ofrecer de algún modo la respuesta. Debemos cuidar la infancia si no queremos crear Ms.
"M. un asesino entre nosotros". Fritz Lang. 1931. Proyectada en la F. Juan March, dentro del ciclo “El paso del cine mudo al sonoro”.