“Volver a verles fue bello y triste”. Esas palabras, escritas en una tarjeta y junto a un cedé con su último concierto que en ese momento suena en el salón, son las que, tras su reciente visita —que ya se presiente será también la última—, un antiguo alumno de piano devuelve ahora a Anne y Georges. Anne le pide a Georges que quite el cedé. Ahí parece producirse realmente el giro en la vida de este matrimonio. No tanto en la noticia de la enfermedad de Anne y de su aciago pronóstico, no en la silla de ruedas que la ha conducido de vuelta a casa del hospital tras la operación, ni en el cubierto usado ahora con la mano izquierda o la cama mojada involuntariamente. La mirada de los otros.
La mirada de los otros. No parecen George y Anne, personas a quienes en su vida haya importado demasiado lo que pensaban de ellos los demás. Los libros, la música, la conversación —trivial o inteligente, explícita o silenciosa— son los ladrillos con los que han logrado erigir y a un tiempo acorazar su mundo, un mundo de pareja propio —como el cuarto propio de Virginia Woolf— y autónomo donde todo encaja y que nadie ha venido nunca a olisquear, cuestionar o enjuiciar, ni siquiera su propia hija. Ha de ser la enfermedad y la nueva dinámica vital que se instaura en esta pareja como consecuencia de la misma, la que abra una fisura en los muros de su mundo, por la que de pronto parecen atreverse a fisgar, opinar y colarse todos, ya sea guiados de buenas intenciones, curiosidad, admiración, derechos mal entendidos o simple ignorancia. A fin de cuentas, todos ellos invasores de una intimidad de pareja que, incluso bajo la peor de las situaciones, tiene todo el derecho a seguir gestionando su vida a voluntad propia, sin injerencias, especialmente injerencias poco pragmáticas.
La condolencia teñida de desesperanza del alumno, la incomprensión y el reproche en los ojos y la voz de la hija, la admiración asombrada y conmiserativa de los de pronto serviles porteros, la desafección descarada de una de las enfermeras… Si algo hay más duro que la enfermedad, no son los cambios que implica en la propia vida, sino la transformación que introduce en la mirada de los otros hacia quien la padece y quien, a su lado, la soporta. Ni negación de la enfermedad, ni demonización de la misma. En el término medio está la virtud: naturalidad. La incapacidad de vivir, no ya nuestra enfermedad, sino la de los otros, sea cual sea, con naturalidad, de algún modo y de antemano está sentenciando a muerte al enfermo y el entorno que hasta ahora era su vida.
Los libros, la música, la conversación entre dos, sí, se ven en el caso de Anne y Georges reducidos progresivamente a lo mínimo: palabra sueltas, simples estribillos, diálogos a una sola voz la mayor parte de las veces, repetidos día tras día para mantener al menos un hilo de continuidad con su antigua vida. En su nueva rutina y a su manera, se van acostumbrando. Las comidas, el baño, el sueño exigen ahora para ellos de variantes y sin duda perturbadores cambios en su rutina cotidiana, solos o ayudados de enfermeras. Pero esas rutinas, bien gestionadas, contribuyen al mantenimiento de una relativa normalidad, en tanto llegan los momentos más difíciles que, en ningún caso, Anne y Georges ignoran que acabarán llegando —atrás queda la bofetada de Johnny Farrell a Gilda; no habrá bofetada más impactante a partir de ahora, que la que Georges le propina a Anne cuando ésta, tozudamente, se niega a beber agua. Vive y deja morir, dice Georges sin palabras, cuando cierra la puerta del cuarto de Anne con llave para que su hija no pueda verla. Muere y deja vivir, está diciendo sin embargo, cuando finalmente elige apretar la almohada sobre el rostro de su mujer y echar volar una paloma al cielo, antes de sellar las puertas y dejar la espita del gas abierta.