Datos personales

4.11.13

ZAFARRANCHO


La casa necesitaba una limpieza a fondo. Se subió a la escalera y despejó los altillos, retiró las alfombras, vació la nevera, arregló los cajones, ordenó los estantes. Espulgó entre los papeles viejos y rompió las revistas guarras. Por último, se deshizo de los libros no leídos, de los trastos olvidados en el balcón y la ropa que estaba fuera de temporada. 



      
 Al caer la tarde, después de sacar la basura, repasó la casa entera de un vistazo rápido. En el cajón donde guardaba los amigos no quedaba nadie, pero olía como nunca a limpio.


MÁSCARAS




        Tiran una moneda al aire. Sale cara, lo que significa que el único disfraz, de angelito este año, lo usará el hermano mayor. El pequeño, aunque decepcionado, no echa una lágrima. Le habría encantado llevarlo él. Siempre antes de dormir le desean dulces sueños, con coros de angelitos; pero él apenas sueña y si lo hace no recuerda, o sí, pero nunca angelitos, sino payasos sin nariz, títeres ardiendo, mascotas sin hermanos, lápices de punta fina. Y otro año sin disfraz corre al parque. Una niña al verlo grita, suelta la comba.

-Mira -dice a otra señalándolo-, el demonio.


Finalista del I Premio Internacional de Microrrelatos Museo de la Palabra 2009

MELCHOR, GASPAR, BALTASAR Y...


    
 No me queda más remedio que defender la causa perdida del cuarto Rey mago que, un adelantado a su tiempo, ya por entonces empezó a decir NO a los NOES. Por el camino se paraba a dar SÍES a todo y todos cuantos se le cruzaban, mientras sus tres colegas continuaban camino tras la estrella sin detenerse. Él, claro, perdió la estrella de vista, se salió de la ruta y no llegó nunca a adorar al niño. Nadie ha vuelto a hablar de él, nadie le conoce, nadie le espera, por lo que aprovechando su anonimato el cuarto Rey mago ha terminado haciéndose constructor y vendiendo parcelas de mundo en excelentes calidades, y en primera línea de la irrealidad.


EN LÍNEA

  
       La taquillera del metro le indicó que tomase la línea naranja. Al llegar al hospital, una línea roja en el suelo del vestíbulo le condujo zizagueante hasta la ventanilla de citaciones. Ya en la calle, de vuelta a la oficina, tuvo que desviarse ligeramente de su camino ante una cinta amarilla que señalaba obras… A la hora de la cena hizo cola en un autoservicio cercano a casa: encontró las ensaladas al final de la línea blanca.

Cuando entró en su apartamento, solo tuvo que seguir el rastro de orina de la perra para orientarse hasta el dormitorio.







Finalista del V Premio de Microrrelatos El Basar, de Montcada Ràdio, 2009.