Datos personales

1.12.14

PLEAMAR




Soy un ser de agua
en la rambla de fieltro
de tu cama interminable,
cuenca donde las gotas
de mi insomne pleamar
bailan
y el confite azul del epílogo
sazona el estuario
sin nombre
donde vierten
mudos
los besos.



15.9.14

HOJA DE RUTA





Búscame entre las mareas
y bajo renglones amarillos,
en las blusas de la luna,
por los arcenes del silencio
y en lo más hondo de las bocas 
de riego sanguíneo.


4.7.14

ESTIRPE

Miope
de líneas prolongadas,
tus dedos señalan
el extraviado norte de los hechos,
hitos caducados
en el tiempo y los motivos.
Y a tientas
en la puntual deshora,
agitas los bosques de la sangre
y los cielos sin puntal,
sin saludo, sin cortejo
que embozaban las certezas.




4.6.14

Q


Que vendría
y traería la cuerda
de su viola descordada,
el son de las horas
anudadas, sin voz,
sin sed,
sin sudor en las manos.

Que vendría 
y traería crines regias
de equino al vuelo
y brújula sin cristal,
sin pulso
sin lugar,
sin haber ni aun tener.
Sin llegada.

3.4.14

A TI, REINVENTADO



Leo en el blog de Rafael Álvarez El Brujo una frase que venimos oyendo mucho: "Necesitamos reinventarnos". ¿Pero qué significa reinventar y, por extensión, reinventarse? Dice el diccionario, volver a inventar. Es curioso, porque inventar figura como sinónimo de crear, y el significado de ambos: hallar o producir algo nuevo. Uno creería que, de la misma forma, reinventar y recrear deberían ser también conceptos sinónimos y, sin embargo, paradójicamente no lo son. Recrear no tiene el significado de volver a crear —es decir, volver a producir algo nuevo— sino el de imitar o reproducir un modelo.

Creo que ahí está el quid de que nos sintamos estancados en tantos y tantos aspectos: en que aplicamos el concepto de recrear en lugar del de reinventar. Y así es imposible evolucionar, pasar página. Recreamos una y otra vez los mismos modelos. El mismo perro con distinto collar. ¿Por qué? Tal vez porque nos centramos únicamente en cambiar las formas, la apariencia de las cosas, los formatos, los diseños, pero no la esencia. Para esto último es necesario mucho más que hacer retoques o maquillar; hay que cambiar el meollo, cambiar pautas.

Cambiar la esencia de algo supone que ese algo deje de ser lo que era para ser algo nuevo. Eso solo se consigue con motivaciones nuevas, cambiando el chip. ¡Ya, claro, pero estamos tan desmotivados! Pues no, no es verdad, lo que estamos es recelosos, cautelosos, y por qué no decirlo: remolones, elevado a la enésima potencia. Primero, ¡levántate y anda! Luego, deja de morirte de miedo y arriesga, excava más abajo del sótano, vuela más allá del tejado, camina más allá del horizonte. ¿Qué es lo peor que puede pasar? Algo terrible: que halles algo nuevo. A ti, reinventado. Tu apariencia exterior podrá seguir siendo la misma de antes —o no—, pero tú serás nuevo. Eso de que uno es como es y no puede cambiar es una pamema. Uno puede elegir vivir como una seta apegado a lo mismo y repitiendo los mismos esquemas toda la vida o reinventarse a lo largo de ella tantas veces como se le antoje.


2.4.14

Mi libro "MICRORRELATOS: EL ARTE DE LA BREVEDAD"




Ya está a la venta en Amazon.es en formato digital Kindle mi libro:

 Microrrelatos: El arte de la brevedad. Teoría y claves de escritura. 

"Cada vez más nos deleitamos en lo escueto, lo mínimo, lo suficiente. Microchips, microcréditos, microrrelatos... ¿Nos estamos convirtiendo en el increíble mundo menguante? Este libro recoge la teoría y las claves para la práctica del microrrelato, un género insinuado ya bajo otras formas textuales desde los sumerios y a lo largo de los siglos, que nos permite expresar lo más con lo menos, todo en casi nada, que en la actualidad ha encontrado en la Red un excelente aliado para su difusión y que está aportando magníficos autores, cuyos trabajos han coadyuvado a que las editoriales apuesten por el mismo y, en consecuencia, se haya hecho un más que digno hueco en los catálogos y estantes de las librerías tanto físicas como virtuales. La brevedad, la esencialidad y la suficiencia se convierten en aliados perfectos de un mundo que, no solo no se detiene, sino que en el último siglo ha forzado al máximo su cuentarrevoluciones."

Puede adquirirse pinchando en este enlace:

18.3.14

LA PIEL DEL ZORRO, de Herta Müller




      Las maldiciones son frías. No necesitan dalias, ni pan, ni manzanas, ni verano. No son para oler ni comer. Sólo son para arremolinarse y tumbarse, para rabiar brevemente y permanecer largo rato en silencio. Bajan el latido de las sienes hasta las muñecas y suben el sordo palpitar del corazón a las orejas. Las maldiciones se intensifican y se asfixian. Las maldiciones que se quiebran no han existido nunca.

    La piel del zorro, Herta Müller

10.3.14

PALETA I




Hoy quiero intoxicarme de verde,
masticar su frescura,
inseminarme su fertilidad 
y parir 
los frutos polícromos 
de nuestro secundario, episódico devaneo.



Nos intoxicamos siempre con el color, con las palabras que hablan del color, y con el sol que hace brillante a los colores. ANDRÉ DERAIN
       ANDRÉ DERAIN.

27.2.14

LIBROS CON BUEN HUMOR: JOHN FANTE



Hay autores y libros con tal sentido del humor y tan inteligente, que si te los llevas a la cama es mejor elegir entre reír o dormir. Pienso por ejemplo en John Fante, Julian Barnes, P.G. Wodehouse, Ian McEwan...
 Fragmento de Llenos de vida, de John Fante:

-El niño, ¿cómo está el bambino?
-Faltan unas semanas.
-¿Y la señorita Joyce? -La adoraba. No se atrevía a llamarla simplemente por su nombre de pila.
-Está bien.
-¿Lo tiene hacia arriba? -Se tocó el pecho-. ¿O hacia abajo? -La mano bajó al vientre.
-Alto, hacia arriba.
-Estupendo. Eso quiere decir que es un niño.
-Pues no sé.
-¿Qué es eso de que no sabes?
-Que nadie puede estar seguro de esas cosas.
-Se puede, si se hacen las cosas bien. -Frunció el ceño y me miró a los ojos-. ¿Has comido huevos, tal como te dije?
-No me gustan los huevos.
Suspiró y movió la cabeza.
-¿Recuerdas lo que te dije? Come muchos huevos. Tres, cuatro cada día. Si no, será chica. -hizo una mueca y añadió-: ¿Quieres una chica?
-Preferiría un chico, pero habrá que aceptar lo que venga.
Aquello lo dejó preocupado. Se puso a pasear, pisando las hojas caídas de la higuera.
-Èsa no es forma de hablar. No indica nada bueno.
-Pero, papá...
Giró sobre sus talones.
-No me vengas con peros. ¡No me vengas con papás! Os lo dije, os lo dije a todos: a JIm, a Tony, a ti. Os dije: huevos. Muchos huevos. Y míralos. Jim, dos años de casado y nada. Tony, casado hace tres años y nada. Y tú. ¿Qué tienes tú? Nada. -Dios unos pasos hacia mí. Se acercó tanto que me quemó la cara con su aliento vinoso-. ¿Recuerdas lo que te dije de las ostras? Ahora ganas dinero. Puedes permitírtelas.
Recordaba una postal con letra de mi madre recibimos Joyce y yo mientras pasábamos la luna de miel en el lago Tahoe. La postal decía que yo comiera ostras dos veces a la semana, para aumentar la fertilidad y las probabilidades de engendrar un varón. Pero no había seguido el consejo porque no me gustaban las otras. No sentía ninguna animosidad personal contra ellas, era simplemente que no me gustaba su sabor.
-No me entusiasman las otras, papá.
Casi le dio un ataque. Se dejó caer en el columpio, con la cabeza abatida y la boca abierta. Se secó la frente. Los gatos despertaron bostezando y enseñando la espigada y sonrosada lengua.
-¡María Santísima! Entonces aquí acaba la estirpe de los Fante.
-Creo que es un chico, papá.
-¡Crees!
Me maldijo con una sarta de sonoros vocablos italianos. Escupió a mis pies, se burló de mi traje de gabardina y de mis zapatos náuticos. Sacó del bolsillo de la camisa una colilla de puro barato y se la incrustó entre los dientes. La encendió y arrojó la cerilla.
-¡Crees! ¿Quién te manda a ti creer? Te lo dije: ostras. Huevos. Yo ya había pasado por eso. Te hablaba la voz de la experiencia. ¿Qué has estado comiendo? ¿Caramelos, helados? ¡Escritor! ¡Bah! Hueles peor que una alcantarilla. 

25.2.14

MIRAR AL AGUA (fragmento), de Javier Sáez de Ibarra





Como hace el águila no es no moverse, sino ir con ellos desde arriba, surcar con la cabeza alta y el cabello despeinado de la brisa. Ir con ellos, no detenerse, no estorbar, esto es, fluir. Y digo he de fluir, he de obedecer, he de ser uno más, sí, uno cualquiera, el hombre desconocido, eso es, el personaje al comienzo de una película del que el espectador no sabe aún nada, pero enseguida va a tener una historia que contar, ¿no? Naturalmente, descubriremos algo interesante sobre él, de él, en él, por él, algo así. El hombre que parecía anodino de pronto se descubre protagonista, inteligente, valeroso, original, inverosímil, altivo, enamorado. ¡Yo podría ser! Ese personaje en la película, después de que alguien me mira y me descubra. Una verdadera águila, un sol, una pequeña estrella, un zafiro, un amoroso ente de ficción que se quedará en el recuerdo.

18.2.14

CURSO "TARDES DE RELATO"


El 6 de marzo inicio del curso TARDES DE RELATO, un intensivo de iniciación a la escritura de relatos cortos que impartiré en cinco sesiones semanales de dos horas, los jueves de 18.30 a 20.30 h. Precio del curso: 35 euros.



14.2.14

ARQUITECTURAS



     Las olas se aproximan furtivamente, se desbocan hasta el centro de la cala, le desbaratan las torres del castillo y reculan arrastrando consigo almenas de palos de helado, portones de concha, mástiles de hojas secas. Él, con las rodillas medio enterradas en la arena y la cabeza gacha, cierra los puños y aprieta los labios. ¡Joder!, se le escapa, algo que oye a su alrededor a menudo. Quería ser arquitecto. Allí delante, entre ríos de cristal naranjas, azules, esmeraldas se distinguen todavía restos de otra fortaleza anterior, también arrasada por el agua. Solo unos centinelas de piedra se mantienen en su puesto, haciendo equilibrios frente al batir obsesivo de la marea. Él se muerde los labios, engancha con los dientes una piel reseca y tira hasta que se la arranca. Pasa y repasa la punta de la lengua sobre la carne agrietada. Escuece. Desde siempre ha querido ser arquitecto. Las rodillas le duelen de tanto tiempo en el suelo. Así que apoya las manos y de un salto se pone en pie, levantando sin querer una nube de arena que tumba los últimos muros de la ciudadela todavía en alto. ¡Quién puede ser arquitecto así! Observa el montón de arena, entorna los ojos y con el pie desnudo le lanza una patada, salta sobre él, lo da de puntapiés, lo pisotea. Cuando apenas queda ningún rastro, el agua asalta de nuevo y se lo bebe de un trago. Cientos de sombras escurridizas coletean en ella y la acompañan en su retirada. Él corre tras ellas, el agua estalla en carcajadas bajo sus pies descalzos, corre, sigue corriendo hasta que el mar le lava la arena de las rodillas y, mientras, recuerda una vez más que de niño quería ser arquitecto. Hoy coloca bombas en grandes almacenes. Con los niños, no se juega.




2.2.14

A DUELO



Como guerreros
que elevando sus trompetas al cielo
rompen las barreras del aliento 
y despiertan 
a los monstruos impenitentes, 
a las voces del ávido escalofrío
feroces de duelo, dementes,
evocación de batallas pretéritas 
en palabras ciegas
que acuden, siempre, para desvestir el presente.
No hay calma
para los guerreros.

29.1.14

COMO PALMERAS




Imagen: "Té moruno", de Loles Crespo. Artelista.


      Naim, quien ahora se hace llamar Jaime, aprovecha un hueco sin coches y deja la bandeja del té sobre el asfalto. Llena unos cuantos vasos y se sienta en el borde de la acera, a esperar. Medio euro, dice el cartel que ha puesto también sobre la bandeja. Acaba de bajar ocho pisos de escaleras hasta la calle, dejando atrás chirridos de puertas que se abrían y cerraban al tintineo del cristal en el cobre, al aroma del té donde hoy flota menta aunque la menta a él no le sienta bien. Aun así toma un vaso y lo prueba. Está caliente y muy dulce. Lo bebe a pequeños sorbos mientras espera y observa. Es todo tan distinto aquí. Tan altas como palmeras, piensa de las farolas.

La gente pasa por delante de él y sigue su camino. Más arriba, en la terraza del tercero, se ha asomado un viejo. Tiene cara de malas pulgas y un perro esquelético pegado a sus pantalones. Tose y escupe. Vuelve a toser y a escupir, con intención o sin ella pero con buena puntería, de modo que va a caerle a Naim muy cerca, casi en la bandeja del té. Naim no se inmuta. Da otro sorbo al té de menta y sigue esperando. Tan altos como las nubes, piensa de los edificios que le rodean.

Pasan las horas. Es ya de noche y el té no humea cuando el viejo del tercero baja a la calle con su perro. El animal, apenas pone una pata fuera, echa a correr y por más que el hombre le llama y le espera no vuelve. Finalmente, el viejo se da por vencido. Hace ademán de marcharse, pero no se va. Duda. Mira a Naim. Mira en la dirección por la que se ha ido el perro. De nuevo a Naim, se acerca a él despacio, se agacha y coge un vaso de la bandeja:

 —¿Lleva menta? —pregunta áspero.

Naim piensa que la menta es buena para la tos y asiente con la cabeza baja, sin atreverse a mirarle.

—No me sienta bien—dice el viejo.

—Tampoco a mí —dice Naim, quien ahora se hace llamar Jaime y que al alzar al fin la vista hacia el viejo piensa que, sin duda, es un hombre tan alto como la luna.


28.1.14

REDES

Me aproximé en silencio a la boca del dragón y cosquilleé en su hocico con mis uñas. Dormía. Exhalaba hilos de humo anaranjados, discontinuos, rotos como sueños no cumplidos que quizá en ese instante volvía a soñar. Yo no tenía miedo. Hacía calor a su lado. Extendí mis redes sobre su cuerpo y con ellas le capturé. No tuve miedo. El dragón entreabrió tímidamente los ojos, resopló apenas y volvió a cerrarlos dejando que me acomodara junto a él, a su costado, blando, caliente, todas mis patas bajo las redes.