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21.2.13

EL PUPITRE DE CHEMA MADOZ

    Contaba Chema Madoz, durante un cara a cara con Juan Bonilla en el Festival Eñe, la siguiente anécdota. Al parecer, cuando era niño, sus padres le enviaron a una especie de clases precolegio en casa de una señora que utilizaba la cocina como aula. Cuando llegó, como se había incorporado tarde a las clases, en la mesa de la cocina ya no quedaba sitio para él; de modo que, al día siguiente, tuvo que llevarse de casa su propia banqueta y la señora le hizo sitio… ¡en el horno! Sí, desde ese momento, el horno dejó de ser tal para convertirse en el pupitre de Chema Madoz. También recordaba haber usado alguna vez el cartabón como navaja para hacerse el bocadillo.

    Según él, bromeaba, quizá esa podría ser la lectura psicoanalítica, si acaso la hubiera, de su interés por la descontextualización o subversión de la esencia de los objetos.
    Fuera ese o no el momento en el que descubrió que los objetos poseen la cualidad de poderse desdoblar y adquirir una dimensión más allá de aquello para lo que sirven, lo que Chema Madoz subraya es la importancia que para él tiene aprovechar esa posibilidad para conseguir imágenes potentes, que se muevan en la indefinición, en la incertidumbre, da igual cual sea su metáfora.


 
   Por eso, explicaba, él prescinde de asignar títulos a sus fotografías, para no correr el riesgo de acotar sus posibilidades semánticas con encabezamientos quizá no suficientemente acertados. Dice sentir mayor confianza en la sutileza que puede lograr con la imagen que con la palabra, y que el título es un elemento más de la obra, algo que hay saber manejar con inteligencia para que contribuya al desconcierto significativo que, en su caso, él pretende generar con la imagen.

    Me detengo en esto último. Porque es cierto que a veces un mal título puede no solo condicionar al público a la hora de hacer su propia lectura de la obra, sino también desorientarle, provocar en él la impresión de haberse equivocado, de haber extraído una interpretación errónea de la misma y hacerle creer que no está preparado para entenderla. No existen las lecturas erróneas, solo compresiones personales. La manera en que uno “comprende” una obra está en relación con su bagaje personal y cultural, referido no solo a formación, sino también a vivencias, experiencia, sensibilidad, etc. Y, en cualquier caso, sería dudoso afirmar que el arte, en cualquiera de sus lenguajes, trate de explicar algo que los demás hayamos de entender (metáfora). Más bien, diría yo, su faceta sería la de preguntarse o, mejor dicho, preguntarnos sobre el mundo, sobre la vida, algo a lo que a su particular manera cualquiera puede responder.

    El material del que se sirve el artista es el mundo, la experiencia humana, y con ella —recurro aquí a Walter Benjamin—, “usando sus ojos, sus manos y su alma, construye algo sólido, útil e irrepetible”. Añadiría yo también, que algo mágico. Lo mágico como equivalente a misterio, a la incertidumbre e indefinición de las que hablaba Chema Madoz; en definitiva, a lo que no se ve pero está y se percibe —lleve título o no— por muy descontextualizado que se muestre, como sus tijeras, sus cucharas o... ¡su pupitre!
Publicado en su día en http://puntodefugaa.blogspot.com

17.2.13

M, UN ASESINO ENTRE NOSOTROS


La letra M (inicial de “mörder”, asesino en alemán; coincide también con la inicial de monstruo en varios idiomas), estampada en tiza en la espalda de su americana por un vagabundo, señala a Hans Beckert como el autor de los crímenes de niñas que se han producido en Düsseldorf durante meses. Luego, será de nuevo una mano, la de un vendedor de globos ciego posada sobre el hombro de Beckert (frente al jurado “popular” organizado por los representantes de las distintas ramas del hampa de la ciudad), la que le confirme definitivamente como el asesino.

Más allá de esa función de reconocimiento y denuncia del culpable, ambos gestos contienen un plus significativo. Es en esos momentos cuando el asesino parece tomar conciencia, de pronto, de que algo terrible sucede con su persona, le hace conectar con su verdadera realidad, la de psicópata, que el resto del tiempo permanece sublimada por su mente y le es, por tanto, desconocida. Su desesperada huida, cuando ve esa M en su chaqueta, y el horror en su rostro al sentir la mano del ciego en su hombro no son sino la huida de sí mismo y el horror ante sí mismo, el reconocimiento de su “anormalidad”.

Resulta paradójico que quienes mejor logran organizarse y antes logran encontrar, apresar y “enjuiciar” al asesino sean precisamente el conjunto formado por los vagabundos, prostitutas, maleantes y miembros del hampa de la sociedad. Paradójico por distintas razones. De entrada, porque los motivos que les mueven a esa movilización no son otros que evitar las molestias y los perjuicios económicos que las constantes redadas de la policía en su búsqueda del asesino les están causando. No hay altruismo alguno en sus intenciones. También se da la paradoja de que la mayoría de ellos son delincuentes, algunos de los cuales han cumplido o se han librado de condenas importantes por delitos graves. Y, sin embargo, se creen con el derecho de juzgar y condenar a Beckert. Se creen distintos a él. Y desde luego que lo son. Ellos podrían evitar sus conductas delictivas, Beckert no puede. Lo señala él mismo en su discurso (la primera vez que le oímos hablar, antes tan sólo le oímos silbar un par de veces una melodía agradable y pegadiza, que se hace siniestra sólo porque sabemos que es el asesino) ante el jurado de los maleantes. Más que un discurso, es un clamar por la comprensión de su “problema”, es el alegato del culpable convertido en su propio abogado defensor, aunque, de nuevo paradójicamente, el hampa le ha procurado uno entre sus maleantes, que ejerce realmente la defensa e intenta mover las conciencias del resto de los maleantes allí reunidos y que se haga justicia en lugar de venganza.

No sabemos, al finalizar la película, cuál es el veredicto del legítimo tribunal de justicia, pero sí la lectura que las madres hacen de lo sucedido en la voz de la madre de una de las víctimas: que sea cual sea la sentencia, no les devolverá a las niñas, y que como madres deben cuidar más desus hijos. Aunque Fritz Lang no da ninguna pista de los motivos que llevan a Beckert a asesinar, esa reflexión final parece ofrecer de algún modo la respuesta. Debemos cuidar la infancia si no queremos crear Ms.

"M. un asesino entre nosotros". Fritz Lang. 1931. Proyectada en la F. Juan March, dentro del ciclo “El paso del cine mudo al sonoro”.

11.2.13

ABRIR LAS COSAS



     Siempre era como volver a la sede misma de las palabras, porque para Aron las cosas habían estado cerradas, y el mundo había sido hostil hasta que conoció a Solveig. Su encuentro había sido como cuando dos personas están hechas la una para la otra. Y enseguida empezó a ver cómo Solveig iba abriendo las cosas, una tras otra, mostrando sus riquezas relucientes de significados. Fue así como entró en el mundo de las palabras.

                                                                  El Oratorio de Navidad, de Göran Tungström






A veces se dan encuentros así, con categoría de acontecimiento, de inflexión determinante, de suceso ineluctable. Me pregunto si esa clase de encuentros los promueve el azar, y podían por tanto no haberse producido, o si la propia determinación de cambio que implican conlleva también que sean en sí mismos necesarios, inevitables y en consecuencia habían de ocurrir antes o después sí o sí.

Pienso, por ejemplo, en mi afición al senderismo. Hasta hace unos veinte años, mi relación con la montaña era más bien contemplativa, por no decir inerte. Conducir el coche hasta un lugar agradable, a ser posible cerca de una apacible corriente de agua, dar un sencillo paseo, sacar los bocadillos y las bebidas de las bolsas y merendar tranquilamente antes de que la noche cayera.

Hasta que conocí a A.

A me enseñó otra cara de la montaña y con ello, también, otra cara de mí misma. Me invitó a madrugar, a calzarme unas botas y me llevó monte arriba, donde los coches no llegan, donde el agua se arremolina y a veces se precipita, donde el polvo de cada paso te ensucia hasta los dientes, el esfuerzo te ensancha los pulmones y los bocadillos a veces saben a tierra pero son mucho, mucho más nutritivos. La cara más agreste de la montaña puso al descubierto mi cara menos inerte, con la que desde entonces no he dejado de enfrentar la vida. Caminar, ensuciarse, forzar el aliento e intentar ir cada día un poco más arriba, mirando al suelo para no tropezar, pero sin perderse el resto del paisaje. El zoom en la mirada: de cerca, las raíces, las piedras, los insectos, los desniveles (el silencio, la introspección, la compañía sigilosa, el yo); en gran angular, las copas de los árboles, los canchales, las rapaces, los perfiles recortados contra la amplitud del cielo (los sonidos, la comunicación, la compañía jubilosa). La riqueza reluciente de significados de la montaña.

Mi encuentro con A abrió mi mundo. Me pregunto si, por azar o de forma inevitable, habré sido yo inflexión, si de algún modo le habré abierto alguna vez las cosas a alguien, como un día Solveig hizo con Arón a través de las palabras.