¿Hablando se entiende la gente?, se preguntaba Alfredo Bryce Echenique en una mesa redonda sobre Lingüística. Con más frecuencia de lo que nos gustaría, se demuestra que no siempre sucede de esa forma. Confundimos hablar con comunicar. Hablar no es sino simplemente transmitir información, algo fácil para cualquiera. Comunicar va mucho más allá de eso, es algo así como seducir al otro, buscar su complicidad, implica la intención de provocar en quien nos escucha un efecto, el de la comprensión, que a su vez moverá en esa persona una emoción y con toda probabilidad también una respuesta de su parte.
Según sea esa respuesta, podemos deducir si hemos conseguido nuestro objetivo de comunicar o no, si el otro realmente nos ha comprendido y hemos logrado mover o no en él la emoción que pretendíamos. En definitiva, si le hemos seducido o no. Cuando esto no ocurre, puede deberse, bien a que lo que dijimos no concordaba con el cómo lo dijimos (y al final hemos comunicado otra cosa distinta a la que queríamos) o a que al otro tal vez le ha fallado la escucha. O quizá, probablemente, a ambas causas a un tiempo.
No hay duda de que el cómo expresamos es tan importante o más que el qué expresamos. ¿Qué cosas pueden influir en ese cómo?
Desde luego, antes de hablar, tener clara la idea esencial que queremos comunicar para que el mensaje no pueda confundirse. Es decir, que el mensaje sea lo más concreto posible. Decía Garr Reynolds, “si todo es importante, nada es importante”. Si nos perdemos en explicaciones innecesarias o damos mil rodeos o dudamos puede parecer que ni nosotros mismos estamos seguros de lo que queremos transmitir, que no creemos suficientemente en ello (o estamos mintiendo quizá) o no lo consideramos lo bastante válido o justificado. Por lo tanto, es posible que quien nos escucha no logre captar la idea esencial o no llegue a empatizar con ella y, en consecuencia, tampoco a comprenderla, darle la importancia que tiene y establecer con nosotros la complicidad que buscábamos.
Es importante, también, elegir un momento en que nuestro estado de ánimo y nuestro lenguaje corporal sean favorables a la idea que queremos expresar. De lo contrario, el tono de nuestro discurso o nuestros gestos desvirtuarán el contenido del mensaje. Si estamos tristes, aunque el mensaje sea optimista teñiremos nuestras palabras de tristeza; si estamos enfadados y gritamos, aunque el objetivo de nuestras palabras sea la conciliación, sólo transmitiremos y provocaremos más enfado y por lo tanto el objetivo opuesto al que pretendíamos; si nos mostramos imperativos, autoritarios, intolerantes, difícilmente lograremos la disposición del otro a negociar. Esto no significa que hayamos de elegir un tono y una forma de expresar fría y racional para no desvirtuar el mensaje. Nada más lejos. El objetivo es llegar a la mente o al espíritu del otro, conectar con él, y para ello es importante tener en cuenta su propia vida y experiencias, su bagaje. Ayuda expresarse de un modo lo menos abstracto posible. Tenemos más posibilidades de éxito si usamos ejemplos, anécdotas, recuerdos, imágenes e incluso historias (ya sean todos ellos propios o comunes a ambos, reales o imaginarias) que si nos limitamos a hacer una mera exposición de argumentos que no apelen en absoluto a la emoción del oyente, acortaremos más fácilmente las distancias.
Si ni aun con todo lo dicho alcanzamos nuestro objetivo de comunicar y ser comprendidos, tal vez el problema esté en la escucha del otro. Dicen que escuchar es como respirar, muy pocos saben hacerlo. Escuchar implica dar sentido a lo que se oye, es “oír más interpretar”, dice Rodrigo Ortiz Crespo. Escuchar es una actitud, hay que hacer un esfuerzo y un empleo de energía. Requiere atención y concentración, mirar al interlocutor, evitar uno mismo las distracciones y las interrupciones al otro, alentarle a que exponga sus experiencias y argumentos, preguntarle… Todo eso crea una buena atmósfera, relajada, y favorece la fluidez de la comunicación. Debemos dejar a un lado en esos momentos nuestros propios pensamientos para introducirnos en la mente y estado emocional del otro, con el fin de acceder y captar los suyos a través de sus palabras, sus gestos, sus silencios. La escucha activa supone atender a la totalidad del mensaje para obtener una interpretación correcta del mismo.
En resumen, expresar lo mejor posible más escuchar activamente.