Imagen: "Té moruno", de Loles Crespo. Artelista.
Naim, quien ahora se hace llamar Jaime, aprovecha un hueco sin coches y deja la bandeja del té sobre el asfalto. Llena unos cuantos vasos y se sienta en el borde de la acera, a esperar. Medio euro, dice el cartel que ha puesto también sobre la bandeja. Acaba de bajar ocho pisos de escaleras hasta la calle, dejando atrás chirridos de puertas que se abrían y cerraban al tintineo del cristal en el cobre, al aroma del té donde hoy flota menta aunque la menta a él no le sienta bien. Aun así toma un vaso y lo prueba. Está caliente y muy dulce. Lo bebe a pequeños sorbos mientras espera y observa. Es todo tan distinto aquí. Tan altas como palmeras, piensa de las farolas.
La gente pasa
por delante de él y sigue su camino. Más arriba, en la terraza del tercero, se
ha asomado un viejo. Tiene cara de malas pulgas y un perro esquelético pegado a
sus pantalones. Tose y escupe. Vuelve a toser y a escupir, con intención o sin
ella pero con buena puntería, de modo que va a caerle a Naim muy cerca, casi en
la bandeja del té. Naim no se inmuta. Da otro sorbo al té de menta y sigue
esperando. Tan altos como las nubes,
piensa de los edificios que le rodean.
Pasan las
horas. Es ya de noche y el té no humea cuando el viejo del tercero baja a la
calle con su perro. El animal, apenas pone una pata fuera, echa a correr y por
más que el hombre le llama y le espera no vuelve. Finalmente, el viejo se da
por vencido. Hace ademán de marcharse, pero no se va. Duda. Mira a Naim. Mira
en la dirección por la que se ha ido el perro. De nuevo a Naim, se acerca a él despacio,
se agacha y coge un vaso de la bandeja:
—¿Lleva
menta? —pregunta áspero.
Naim piensa
que la menta es buena para la tos y asiente con la cabeza baja, sin atreverse a
mirarle.
—No me sienta bien—dice el viejo.
—Tampoco a mí —dice Naim, quien ahora se hace
llamar Jaime y que al alzar al fin la vista hacia el viejo piensa que, sin duda,
es un hombre tan alto como la luna.
