Hay autores y libros con tal sentido del humor
y tan inteligente, que si te los llevas a la cama es mejor elegir entre reír o
dormir. Pienso por ejemplo en John Fante, Julian Barnes, P.G. Wodehouse, Ian
McEwan...
Fragmento de
Llenos de vida, de John Fante:
-El niño, ¿cómo está
el bambino?
-Faltan unas semanas.
-¿Y la señorita Joyce?
-La adoraba. No se atrevía a llamarla simplemente por su nombre de pila.
-Está bien.
-¿Lo tiene hacia
arriba? -Se tocó el pecho-. ¿O hacia abajo? -La mano bajó al vientre.
-Alto, hacia arriba.
-Estupendo. Eso quiere
decir que es un niño.
-Pues no sé.
-¿Qué es eso de que no
sabes?
-Que nadie puede estar
seguro de esas cosas.
-Se puede, si se hacen
las cosas bien. -Frunció el ceño y me miró a los ojos-. ¿Has comido huevos, tal
como te dije?
-No me gustan los
huevos.
Suspiró y movió la
cabeza.
-¿Recuerdas lo que te
dije? Come muchos huevos. Tres, cuatro cada día. Si no, será chica. -hizo una
mueca y añadió-: ¿Quieres una chica?
-Preferiría un chico,
pero habrá que aceptar lo que venga.
Aquello lo dejó
preocupado. Se puso a pasear, pisando las hojas caídas de la higuera.
-Èsa no es forma de
hablar. No indica nada bueno.
-Pero, papá...
Giró sobre sus
talones.
-No me vengas con peros. ¡No me vengas con
papás! Os lo dije, os lo dije a todos: a JIm, a Tony, a ti. Os dije: huevos.
Muchos huevos. Y míralos. Jim, dos años de casado y nada. Tony, casado hace
tres años y nada. Y tú. ¿Qué tienes tú? Nada. -Dios unos pasos hacia mí. Se
acercó tanto que me quemó la cara con su aliento vinoso-. ¿Recuerdas lo que te
dije de las ostras? Ahora ganas dinero. Puedes permitírtelas.
Recordaba una postal con letra de mi madre recibimos
Joyce y yo mientras pasábamos la luna de miel en el lago Tahoe. La postal decía
que yo comiera ostras dos veces a la semana, para aumentar la fertilidad y las probabilidades
de engendrar un varón. Pero no había seguido el consejo porque no me gustaban
las otras. No sentía ninguna animosidad personal contra ellas, era simplemente
que no me gustaba su sabor.
-No me entusiasman las otras, papá.
Casi le dio un ataque. Se dejó caer en el
columpio, con la cabeza abatida y la boca abierta. Se secó la frente. Los gatos
despertaron bostezando y enseñando la espigada y sonrosada lengua.
-¡María Santísima! Entonces aquí acaba la
estirpe de los Fante.
-Creo que es un chico, papá.
-¡Crees!
Me maldijo con una sarta de sonoros vocablos
italianos. Escupió a mis pies, se burló de mi traje de gabardina y de mis
zapatos náuticos. Sacó del bolsillo de la camisa una colilla de puro barato y
se la incrustó entre los dientes. La encendió y arrojó la cerilla.
-¡Crees! ¿Quién te manda a ti creer? Te lo
dije: ostras. Huevos. Yo ya había pasado por eso. Te hablaba la voz de la
experiencia. ¿Qué has estado comiendo? ¿Caramelos, helados? ¡Escritor! ¡Bah!
Hueles peor que una alcantarilla.
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