Las olas se aproximan furtivamente, se desbocan hasta el centro de la cala, le desbaratan las torres del castillo y reculan arrastrando consigo almenas de palos de helado, portones de concha, mástiles de hojas secas. Él, con las rodillas medio enterradas en la arena y la cabeza gacha, cierra los puños y aprieta los labios. ¡Joder!, se le escapa, algo que oye a su alrededor a menudo. Quería ser arquitecto. Allí delante, entre ríos de cristal naranjas, azules, esmeraldas se distinguen todavía restos de otra fortaleza anterior, también arrasada por el agua. Solo unos centinelas de piedra se mantienen en su puesto, haciendo equilibrios frente al batir obsesivo de la marea. Él se muerde los labios, engancha con los dientes una piel reseca y tira hasta que se la arranca. Pasa y repasa la punta de la lengua sobre la carne agrietada. Escuece. Desde siempre ha querido ser arquitecto. Las rodillas le duelen de tanto tiempo en el suelo. Así que apoya las manos y de un salto se pone en pie, levantando sin querer una nube de arena que tumba los últimos muros de la ciudadela todavía en alto. ¡Quién puede ser arquitecto así! Observa el montón de arena, entorna los ojos y con el pie desnudo le lanza una patada, salta sobre él, lo da de puntapiés, lo pisotea. Cuando apenas queda ningún rastro, el agua asalta de nuevo y se lo bebe de un trago. Cientos de sombras escurridizas coletean en ella y la acompañan en su retirada. Él corre tras ellas, el agua estalla en carcajadas bajo sus pies descalzos, corre, sigue corriendo hasta que el mar le lava la arena de las rodillas y, mientras, recuerda una vez más que de niño quería ser arquitecto. Hoy coloca bombas en grandes almacenes. Con los niños, no se juega.