El tiempo hoy invitaba a callejear sin prisa ni ansias de encontrar una sombra. Los pies me han llevado hasta la mismísima Mesopotamia, "Antes del diluvio", donde surgieron la escritura, la rueda y algo tan cotizado hoy en día como el suelo, que uno pensaría nos viene dado por la propia naturaleza y sin embargo nada más lejos. La naturaleza "solo" nos proporciona la superficie terrestre, el suelo en cambio no hemos dejado de construirlo nosotros día tras día desde los tiempos de Ur, para poder usarlo de forma agrícola, urbana o para fines de dudoso uso. En Ur, Eridu, Uruk nacieron las primeras ciudades, la civilización, las sociedades complejas, pero no la cultura, para eso hay que mirar más atrás, tanto como 300.000 años antes, a los pequeños cazadores-recolectores nómadas y su organización grupal, sus útiles toscos y el reparto de las tareas cotidianas por edades. Independientemente de que las manifestaciones simbólicas y artísticas tardasen aún un par de cientos de miles de años en generalizarse, aquello ya era cultura, las primeras piedras de un puente que nos ha traído hasta hoy y, a mí en particular, a media tarde, a la Filmoteca y al suelo cinematográfico de Theo Angelopoulos (Paisaje en la niebla), construido con el barro poético de los silencios, la quietud y los límites infranqueables, y con planos-secuencia tan interminables como el civilizado desierto mesopotámico. Me gustan los días como el de hoy.
19.6.13
2.6.13
¿CÓMO DICES?
¿Hablando se entiende la gente?, se preguntaba Alfredo Bryce Echenique en una mesa redonda sobre Lingüística. Con más frecuencia de lo que nos gustaría, se demuestra que no siempre sucede de esa forma. Confundimos hablar con comunicar. Hablar no es sino simplemente transmitir información, algo fácil para cualquiera. Comunicar va mucho más allá de eso, es algo así como seducir al otro, buscar su complicidad, implica la intención de provocar en quien nos escucha un efecto, el de la comprensión, que a su vez moverá en esa persona una emoción y con toda probabilidad también una respuesta de su parte.
Según sea esa respuesta, podemos deducir si hemos conseguido nuestro objetivo de comunicar o no, si el otro realmente nos ha comprendido y hemos logrado mover o no en él la emoción que pretendíamos. En definitiva, si le hemos seducido o no. Cuando esto no ocurre, puede deberse, bien a que lo que dijimos no concordaba con el cómo lo dijimos (y al final hemos comunicado otra cosa distinta a la que queríamos) o a que al otro tal vez le ha fallado la escucha. O quizá, probablemente, a ambas causas a un tiempo.
No hay duda de que el cómo expresamos es tan importante o más que el qué expresamos. ¿Qué cosas pueden influir en ese cómo?
Desde luego, antes de hablar, tener clara la idea esencial que queremos comunicar para que el mensaje no pueda confundirse. Es decir, que el mensaje sea lo más concreto posible. Decía Garr Reynolds, “si todo es importante, nada es importante”. Si nos perdemos en explicaciones innecesarias o damos mil rodeos o dudamos puede parecer que ni nosotros mismos estamos seguros de lo que queremos transmitir, que no creemos suficientemente en ello (o estamos mintiendo quizá) o no lo consideramos lo bastante válido o justificado. Por lo tanto, es posible que quien nos escucha no logre captar la idea esencial o no llegue a empatizar con ella y, en consecuencia, tampoco a comprenderla, darle la importancia que tiene y establecer con nosotros la complicidad que buscábamos.
Es importante, también, elegir un momento en que nuestro estado de ánimo y nuestro lenguaje corporal sean favorables a la idea que queremos expresar. De lo contrario, el tono de nuestro discurso o nuestros gestos desvirtuarán el contenido del mensaje. Si estamos tristes, aunque el mensaje sea optimista teñiremos nuestras palabras de tristeza; si estamos enfadados y gritamos, aunque el objetivo de nuestras palabras sea la conciliación, sólo transmitiremos y provocaremos más enfado y por lo tanto el objetivo opuesto al que pretendíamos; si nos mostramos imperativos, autoritarios, intolerantes, difícilmente lograremos la disposición del otro a negociar. Esto no significa que hayamos de elegir un tono y una forma de expresar fría y racional para no desvirtuar el mensaje. Nada más lejos. El objetivo es llegar a la mente o al espíritu del otro, conectar con él, y para ello es importante tener en cuenta su propia vida y experiencias, su bagaje. Ayuda expresarse de un modo lo menos abstracto posible. Tenemos más posibilidades de éxito si usamos ejemplos, anécdotas, recuerdos, imágenes e incluso historias (ya sean todos ellos propios o comunes a ambos, reales o imaginarias) que si nos limitamos a hacer una mera exposición de argumentos que no apelen en absoluto a la emoción del oyente, acortaremos más fácilmente las distancias.
Si ni aun con todo lo dicho alcanzamos nuestro objetivo de comunicar y ser comprendidos, tal vez el problema esté en la escucha del otro. Dicen que escuchar es como respirar, muy pocos saben hacerlo. Escuchar implica dar sentido a lo que se oye, es “oír más interpretar”, dice Rodrigo Ortiz Crespo. Escuchar es una actitud, hay que hacer un esfuerzo y un empleo de energía. Requiere atención y concentración, mirar al interlocutor, evitar uno mismo las distracciones y las interrupciones al otro, alentarle a que exponga sus experiencias y argumentos, preguntarle… Todo eso crea una buena atmósfera, relajada, y favorece la fluidez de la comunicación. Debemos dejar a un lado en esos momentos nuestros propios pensamientos para introducirnos en la mente y estado emocional del otro, con el fin de acceder y captar los suyos a través de sus palabras, sus gestos, sus silencios. La escucha activa supone atender a la totalidad del mensaje para obtener una interpretación correcta del mismo.
En resumen, expresar lo mejor posible más escuchar activamente.
4.4.13
BUTOH Y MORFEO
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Me comentaba hace tiempo un amigo que, para él, quedarse dormido en una ópera o en un concierto de música clásica no era síntoma de aburrimiento, sino una prueba inequívoca de lo lejos que uno u otro le habían transportado, del enorme placer que le habían procurado.
No es que yo sea de las que necesitan meter los dedos en el enchufe para creer en la electricidad, pero hace dos o tres años viví una experiencia muy parecida mientras asistía al espectáculo de danza butoh, El río de verde musgo-desde la orilla opuesta, una de las propuestas del Festival Madrid en Danza de este año —supongo que no es casualidad que, por esos mismos días, pegase fuerte en las salas la película Cerezos en flor, de la directora Dorris Dörrie, donde el butoh asume un papel importante en la pulsión de la trama.
Lo cierto es que, tras los primeros minutos de desconcierto —hasta pocos días antes no había oído siquiera hablar del butoh—, en los que mi deformación de espectadora de danza y teatro al uso me llevó a tratar de encontrar, como en aquellos, la supuesta segunda lectura de lo que estaba presenciando, mediante la asociación entre música e imágenes o movimientos; tras esos primeros instantes de extravío, decía, enseguida pude darme cuenta de que en el butoh no caben asociaciones ni intentos de desciframiento que valgan, salvo en todo caso el de uno mismo.
No es que yo sea de las que necesitan meter los dedos en el enchufe para creer en la electricidad, pero hace dos o tres años viví una experiencia muy parecida mientras asistía al espectáculo de danza butoh, El río de verde musgo-desde la orilla opuesta, una de las propuestas del Festival Madrid en Danza de este año —supongo que no es casualidad que, por esos mismos días, pegase fuerte en las salas la película Cerezos en flor, de la directora Dorris Dörrie, donde el butoh asume un papel importante en la pulsión de la trama.
Lo cierto es que, tras los primeros minutos de desconcierto —hasta pocos días antes no había oído siquiera hablar del butoh—, en los que mi deformación de espectadora de danza y teatro al uso me llevó a tratar de encontrar, como en aquellos, la supuesta segunda lectura de lo que estaba presenciando, mediante la asociación entre música e imágenes o movimientos; tras esos primeros instantes de extravío, decía, enseguida pude darme cuenta de que en el butoh no caben asociaciones ni intentos de desciframiento que valgan, salvo en todo caso el de uno mismo.
Parecería que la música, en principio, debiera ser un ingrediente imprescindible para un espectáculo de estas características. Y lo es, claro que sí, pero solo en su forma más minimalista, apenas una excusa —la prueba es que el bailarín principal, Dakei, es sordo— para poner al espectador en contacto con su propia música interior, con el espectáculo que en ese instante está sucediendo dentro de sí mismo, en su intimidad, y de algún modo “curarlo” de su sordera con respecto a ésta.
Los sonidos, mínimos, esenciales, fugaces actúan como gotas que lentamente van perforando capas mucho más allá del oído. Hasta que dejan de ser sonidos y revierten en voces. O eso al menos es lo que yo acabé escuchando, voces y palabras. Unas palabras un tanto raras, porque no dicen, no cuentan, no significan, pero desde luego hablan hasta un punto en que ya no requieren ni del cuerpo de Dakei ni de la percusión ni del koto, no se requieren ni siquiera a sí mismas para seguir hablando; porque el espectador para entonces ya ha logrado hacerse con el turno de palabra, se ha recostado en el asiento, ha cerrado los ojos, ya no ve ni tampoco oye y, sin embargo, como un buen microrrelato no para de hablar o mejor dicho de hablarse, de intuirse, de interpretarse. Y entonces, cuando la luz vuelve y las voces callan, en la fila seis, butaca cuatro, hay una espectadora que no se ha dormido pero lo parece.
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