Anoche recordé que el primer programa que vi, cuando la tele en color llegó a nuestra casa, fue aquel de los payasos de la tele. Coincidía siempre el programa con los momentos del pan con chorizo de Pamplona o con chopped o, de cuando en cuando, Nocilla o unas onzas de chocolate, los cuales siguieron siendo de color pimentón, rosado, marrón el día en que la tele en color llegó a casa. No así los payasos de la tele, que de pronto volvieron sus grises serenos en rojos vibrantes. Quién iba a imaginar que los payasos de la tele no resultarían ser lo que habían parecido hasta entonces. Lo peor era que se parecían mucho a los de antes, casi idénticos pero, ¡humm!, no eran ellos. Sus rojos, por supuesto, eran bonitos; como fuego, sí, pero fuego frío al que le llevaría aún algún tiempo empastar con el pimentón del chorizo, el rosado del chopped, el marrón de la Nocilla, porque estos vivían desde siempre con nosotros y, en cambio, aquellos payasos de la tele acababan de llegar a casa.